El anciano Jorge Valdés llevaba 30 años en la misma compañía
de venta de autos. 30 largos años en el mismo puesto de trabajo, que consistía
en gestionar las formas de pago que los clientes utilizarían para llevarse los automóviles.
Jorge casi no interactuaba con los clientes,
le gustaba más el papeleo que no involucrara interacción con humanos. Las
ventas se las dejaba a los más jóvenes.
Jorge se sentía muy a gusto con lo que hacía, aunque a veces
encontraba un poco monótona su rutina diaria, consistente en despertar,
bañarse, trabajar, almorzar, volver a trabajar, tomar once con su familia, leer
el diario, ver tele y dormir con su mujer.
Pero eso no le incomodaba casi en lo más mínimo. El era feliz en la
medida de lo posible.
Un día cualquiera y por extrañas circunstancias del azar, Jorge
recibió un llamado telefónico en que el
dueño de una nueva compañía de venta de autos requería de su experiencia
para una sucursal nueva que se inauguraría en otoño. Esta oferta incluía un gran aumento de
sueldo. El empleador le dio dos días para pensarlo.
Hace tiempo que no
pasaba nada en la vida de Jorge y su corazón, como hace mucho tiempo no
pasaba, latió mucho más fuerte.
Colgado el teléfono y en menos de 40 segundos, este sonó
nuevamente.
Era su señora, que le comunicaba que un tío lejano había
fallecido y como herencia le había dejado una espaciosa casa a la cual podrían
irse cuando quisieran, dejando atrás su pequeña vivienda acogedora. Jorge le
respondió que cuando llegara del trabajo al hogar discutirían acerca del tema.
Tras cortar nuevamente, su jefe lo llamó a la oficina.
Siendo claro, directo y mirándolo a los ojos le ofreció el puesto de gerente
de la compañía. Jorge le dijo que el
ofrecimiento lo tomaba por sorpresa y que pronto le daría una respuesta, “Estas
oportunidades no se pueden dejar pasar” le dijo su jefe.
Y así acabada la charla, y de vuelta en su legendario
escritorio, nuevamente llegó otro llamado por teléfono, luego un email, carta, incluso
un Fax y mensaje de texto. Todas eran
oportunidades para Jorge, un ofrecimiento, y otro y otro. Las
oportunidades más diversas llegaban sin
parar.
Jorge, que nunca se había enfrentado a tomar tantas
decisiones en su vida, se sintió aturdido y confundido, no tenía en realidad la
más mínima idea sobre qué hacer. Mientras se tomaba la cabeza y se tiraba los pocos pelos que le quedaban, nuevamente
lo llamaban para ofrecerle algo, y así
siguieron y siguieron hasta que las oportunidades, al no ser respondidas, se acumularon
al punto de tomar forma, llegando a tener vida propia.
Jorge aterrado intentó escapar de las oportunidades, las
cuales sublevadas, lo persiguieron por toda su oficina. Las oportunidades que
habían tomado el aspecto de una Anaconda
del amazonas, intentaron envolverlo hasta estrangularlo. Lo comenzaron a
apretar y apretar. Jorge estaba muriendo,
por cada segundo que pasaba, la asfixia lo dejaba al filo de la muerte,
al punto que comenzó a pensar en cómo
serían los discursos de sus amigos y familia en su funeral.
Jorge, aterrado y desesperado, perdiendo la consciencia y observando
la luz al final del túnel se le ocurrió una brillante idea antes: Simplemente dejó
pasar a las oportunidades. No las
aprovechó. Las tuvo pero decidió no tomarlas. Al instante estas se
desvanecieron y Jorge recupero su aliento.
El arrugado empleado, fue donde su jefe, rechazo la
propuesta de hacerse cargo de la gerencia, devolvió el llamado a la nueva
empresa de autos y dijo muchas gracias pero no, y así con todas y cada una de
las oportunidades que se le habían presentado ese día. Luego se sentó en su
escritorio, relleno unos formularios de crédito para unos clientes que querían
adquirir una camioneta, tomó su maletín y se fue a su casa antes de almuerzo decidido
a no cambiarse de casa.
Jorge estaba tranquilo ya que nada nuevo cambiaria en su vida, tal como
él quería.
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