domingo, 8 de febrero de 2015

El insecto Reloj

El hombre estaba en el momento más decadente del ser humano: el arrepentimiento.  La noche anterior y tras tomar unos tragos con los amigos del “club de toby”, le empezó a doler la cabeza. Al abrir la puerta de su casa muy silenciosamente y  un poco borracho, comentó para sí mismo  “Qué raro. Tengo caña y eso que tomamos whisky de calidad”.  Pero lo que aparentaba ser una simple resaca se convirtió en algo más complejo. Durante esa noche, la cabeza le retumbo como si 1000 taladros intentaran quebrar su ceso, como si hubiera un carrete de mechones universitarios en sus neuronas, como si 100 guaguas recién nacidas lloraran fuertemente interrumpiendo cada minuto su sueño.  La esposa sacó desde un botiquín de emergencias que guardaba debajo de la cama, un tomador de presión electrónico. La mujer estaba alarmada por el sonido de  quejumbre de su marido quien yacía recostado a su lado. El aparato se infló alrededor de la muñeca del hombre. Tras un minuto, en la pantalla análoga apareció el número  22, o sea,   casi una sentencia de muerte.

La ambulancia lo trasladó hasta urgencias de una Clínica Privada. “La suerte de tener plata” se dijo en la camilla mientras el vehículo lo trasportaba por la ciudad.  Le tomaron rápidos exámenes y cuando fue recostado en el box número 4, la cara ojerosa y decepcionada de la doctora tras ver los exámenes, le hicieron sacar conclusiones inmediatas: se iba a morir. 

La doctora les dijo a sus familiares que lo tenían que intervenir de urgencia, que le había dado un derrame cerebral muy complicado. Su esposa e hijos lo abrazaron y lo lloraron desconsolados, pese a la adversa situación, en ellos quedaba una pizca de confianza en que la medicina moderna tenía las herramientas para salvarlo. La familia salió del cubículo desde donde el hombre se encontraba recostado, con el fin de   coordinar los detalles de la operación, habría que solicitar donadores de sangre, comenzaron a llamar a los amigos por celular.  El hombre se quedó solo.

Los dolores eran horribles, como  si dos hombres musculosos que abusaron de esteroides le estuvieran haciendo una fuerte palanca, reventando su subconsciente, dejando como un panqueque su lóbulo frontal.  Las molestias constantes e inéditas en sus 60 años de vida  lo estaban volviendo loco.

En ese feo cubículo aséptico, con paredes azules, sin ningún adorno de por medio, con las gotas del suero con el tranquilizante ingresando por sus venas y entre el cuchicheo de su esposa con la doctora,  comenzó percatarse del sonar nítido de un reloj.

Tic…..tac…..tic…..tac.  Se escuchaba lentamente. Tic…Tac…tic…tac… el hombre oía. ¡¡TIC...TAC...TIC...TAC...! Retumbaba en el solitario cubículo. Eran las 20 con 56 minutos.

El hombre movió sus globos oculares a duras penas  de un rincón a otro, intentado ubicar el origen de aquel ruido ajeno. Pestañeó, observó de nuevo, se fijó en los detalles, y sus pupilas dilatadas intentaron identificar todo el entorno que lo rodeaba.  Hasta que su cerebro, conectado a su nervio ocular, detectó pegado a la pared junto  al pequeño estante donde estaban las gasas médicas y la povidona, la horrible y pequeña figura del “Insecto Reloj”.

Era similar a un mosco común fusionado con un escarabajo.  Oscuro, pegajoso y asqueroso, de ahí provenía el horrible Tic,tac.

En ese momento el hombre recordó su niñez cuando  jugueteando a la pelota de trapo con los muchachos del barrio, un certero tiró de un amigo generó un golazo que también destruyó el vidrio de una anciana vecina que no estaba en su  hogar. Los niños querían recuperar el artesanal balón entrando a la casa de la vieja. “Mi mamá dice que esta señora es una bruja” dijo un peque, “La mía dice que hace “maruyos” y  que le tiró una maldición al dueño del negocio de la esquina por no fiarle el pan” argumento el menor que metió el golazo. El hombre desahuciado, que en esos años era un pequeño chiquillo,  no creía mucho en los cahuines, y fue el único que se atrevió a entrar al inmueble en búsqueda del balón. Dentro del lúgubre pasillo que daba al living del hogar, el niño observó destruido por el pelotazo, un reloj antiquísimo que producía el mismo sonido que aquel insecto que lo acechaba en el cubículo de la clínica. Cuando recogió el balón e iba saliendo raudamente de la casa, la vieja justo llegó  de la feria, pillándolo infraganti.  Furiosa por el desastre,  le dijo gritándole a la distancia mientras el niño escapaba por una ventana “¡¡Nunca olvides el ruido de este reloj, la embarrada que te mandaste te perseguirá de por vida!!”.  Aterrado el menor arrancó a toda pulmon, tropezando y raspándose las rodillas. Al  llegar donde sus amigos este les dijo “Son mala leche, no me avisaron”, y ellos le respondieron a coro  “ Pero si venía la bruja, teníamos que arrancar no más”.

TIC…. TAC….TIC….TAC….las 20 con 58 minutos.

El horrible bicharraco se comenzó a mover poco a poco hacía el hombre, con sus patitas pegadas a la pared y su infinidad de ojos mirándolo directamente a la cara. El hombre reafirmó la conclusión de que este sí que era el fin.

Ahí comenzó a aterrarse. Esto produjo un efecto dómino sentimental y físico, que lo llevaron al  arrepentimiento y al deterioro de fuerzas. Su sistema nervioso se había ido a huelga y ya no respondía a los estímulos neuronales en su cuerpo. Atrapado en sí mismo,  el hombre ya condenado, enumeró uno a uno sus pecados. Con una calculadora imaginaria sumo el daño que había hecho en este mundo y lo resto por el bien que aportó. Esta ecuación no le daba resultados positivos. Luego comenzó a deprimirse y a pensar en  la odiosa premisa del “¿Y SI HUBIERA PASADO ESTO OTRO?”.

Se preguntó por qué tomó ese copete la noche anterior, cuando los médicos le habían advertido que no tenía que hacerlo.  Su señora (doctora por vocación más que por títulos universitarios), siempre le decía “No seas porfiado, cuídate, ya no eres el joven de antes”, pero como muchas veces en sus años de casados, no le hizo caso.

Se puso triste. Siempre quiso morir en el campo de batalla, luchando con el pecho inflado y orgulloso por lo que hacía, heroico, con músculos y calugas por el ejercicio físico de combatir al enemigo. En cambio estaba en decadencia en ese cubículo y acechado por un horrible insecto que emitía un sonido terrorífico. Sacó la conclusión con una lágrima cayendo por su ojo derecho,  de que en algún momento había abandonado sus ideales. Debió haberse enlistado en la guerrilla cuando joven o embarcarse en un viaje sin rumbo ni preocupaciones. Sin embargo opto por la rutina y lo estable. Esto lo llevo a estar ahí, postrado, feo,  pelado, con el colesterol por las nubes, la presión a niveles críticos y gordo como su billetera. La plata. Ese era su gran tema. Tenía conflictos graves de clase. De joven siempre fue pobre y cuando creció logró el éxito económico con su empresa. Rememoró aquel episodio que siempre hacia que sus atados mentales regresaran. Cuando a pesar de tener el efectivo suficiente, no quiso prestarle dinero a su amigo de tantos años. “Compañero, compañero, présteme doscientas luquitas se las devuelvo el lunes” le decía. Y el hombre se dijo así mismo “Siempre presto y nunca recibo nada de vuelta”.  El día que le dijo “NO” estuvo tres días sin dormir pensando en lo que había hecho. “Era lo que tenias que hacer, te llamaba para puro pedirte prestado” le dijo su señora para calmarlo. Nunca más lo volvió a ver y eso que eran amigos del liceo, y esos son los amigos de verdad…dicen.

Luego se le vino a su mente la infortunada imagen de su suegra.  Ella nunca le tuvo algo de cariño y siempre le restregó sus errores en su cara, más si eran relacionados con el éxito y el fracaso económico. Recordó cuando la señora le dijo cuando pololeaba con su esposa y trabajaba repartiendo gas, “¿Y como un simple repartidor va a llegar a ser alguien en la vida?...¿Acaso ese futuro quieres darle a mi hija? ¿Balones de gas?...eres una simple llamita azul” le decía despectivamente. El con el pecho inflado se esforzó para demostrar lo contrario. Después de años soportándola y cuando tuvo las lucas para no ser criticado,  en un almuerzo familiar  en que había pastel de Choclo con ensalada chilena su suegra volvió a arremeter: “Revolucionario que no se vuelve burgués después de los 40 no es revolucionario, como tú po, mírate ahí, se te nota cómodo”.  Vieja de mierda, siempre tenía algo que sacarle en cara y él se complicaba, “Quizás la señora tenga razón y he olvidado mis ideales por el estatus” le replicaba su consciencia antes de irse a dormir. Siempre se atrapaba en su propia mente por ese tipo de cosas.  Lo único que le sacó una sonrisa en ese difícil momento,  fue que al morir no tendría que verla más “a la vieja maldita, con todo el respeto que  se merece por haber dado a luz a mi mujer” se dijo. Estos caldos de cabeza siempre lo acompañaban. No poder resolverlos le habían causado en parte, el derrame que sufría en esos momentos.

TIC.. TAC.. TIC.. TAC.. Ya eran las 20 con 59 minutos

El asqueroso insecto reloj, ya se había comenzado a mover entre todo el ajetreo mental del hombre. A pesar de que el diminuto escarabajo/mosca no podía volar porque sus alas estaban secas y pegadas a su cuerpo, lo que producía el horrible sonido de reloj, el bicharraco se desplazaba rápidamente con sus 4 patas. Con sus 100 globos oculares observó directamente al hombre desahuciado.  Él por su parte, juró que el insecto le guiño sarcásticamente uno ojo, como diciendo “Hasta acá no más llegaste compadrito”.  En ese momento volvieron sus pensamientos trágicos.  Esta vez, escarbando en el baúl de los recuerdos, logró encontrar las imágenes en la  cual  había escuchado la leyenda de aquel insecto reloj.

Había sido en una shoperia de Ancud en Chiloé. La peor shoperia del archipiélago. Era el bar más oscuro y vacio. Si esa noche querías divertirte, ese no era el lugar indicado.  El hombre se encontraba sólo  en la barra del  boliche, casi vacío a esas altas horas de la madrugada y con un wurlitzer tocando un tema de Sandro. Estaba bebiendo una cerveza, intentando espantar un horrible insomnio relacionado a sus nervios debido a una importante negociación que sostendría con una salmonera que le traería grandes sumas de dinero a sus arcas. Un pescador un tanto borracho y “pintamonos” se acerco a la barra, se sentó a su lado y  le dijo si le molestaba que le hiciera compañía. El hombre aburrido de tanto pensar en la pega, le dijo “No hay problema”. Necesitaba relajarse. Ambos comenzaron a charlar distendidamente. 

El chilote pescador era una enciclopedia de leyendas.  El decía que lo mejor para engrupirse a una muchacha era contarle historias de terror mitológicas. Era un vivaracho y a la vez borracho, su rosácea lo inculpaba. Tomando un largo trago de cerveza y haciendo un salud, le dijo “Las chiquillas se terminan asustando con las historias y ahí tu las abrazas y están listas para lo que viene después, me cachai compadrito” le dijo el picaron hombre de mar.

Entre copa y copa, el pescador le comentó sus increíbles encuentros con el Caleuche, la extraña desaparición de un amigo por culpa de la Pincoya, su experiencia paranormal con la Isla Friendship, la vez que engaño a una  bruja de Duhatao,  y aquella hermanita que tuvo un “domingo 7” por culpa de un supuesto trauco de apellido Mapuche.  “Deja de cuentear tanto hombre, si  el caballero no te van a comprar otro trago por hablar tanta  lesera” le dijo el cantinero del boliche al pescador. De igual manera, el hombre de negocios, lo invitó  a una copa.  Ahí el pescador le contó acerca del insecto Reloj.

Una vez se lo encontró navegado por la bahía de Dalcahue.  Según los navegantes, encontrarse con ese insecto significaba la muerte inminente,  ya que el sonar de reloj que producían las petrificadas alas  del insecto, serían un mensaje enviado por la mismísima “Pelada” y que  “indicarían los minutos finales de todo humano en esta tierra”.  El pescador afirmó que había sido la experiencia más terrorífica de su vida.  “Hasta me hice pichi en los pantalones” afirmó el borrachin.  El hombre capitalino, medio en broma, medio en serio, muy incrédulo y escéptico le pregunto “¿Y como estas contando está historia?, si escuchaste al insecto, ¿no deberías estar muerto? “  A lo que el chilote navegante respondió  con un evidente hipo:“¿Y acaso no lo estoy?”, luego se tomó al seco un trago invitado por el hombre desahuciado, y emprendió una  retirada elegante pero descoordinada por culpa del alcohol. “No le crea Santiaguino, ese siempre anda mintiendo. Todos dicen que está loco” le dijo el cantinero. El hombre siempre le creyó, siempre se decía que las coincidencias no existían  y ese encuentro fue algo más que fortuito.
¡¡TIC.TAC. TIC. TAC!!...las 20 con 59 minutos y 30 segundos.

 La ansiedad lo carcomía, su miedo había llegado a su nivel máximo al observar que el insecto se paró frente a él tras subir lentamente por su pierna y trasladarse hasta su gran barriga.  Tic, tac, tic, tac, más fuerte, las 20 con 59 minutos y 35 segundos Tic,tac,tic,tac, más rápido las 20 con 59 y 38 segundos, ¡TIC, TAC,TIC,TAC!, más cercano, las 20 con 59 y 40 segundos. Su cuerpo inmóvil por los dolores, nada podía hacer.  Pensó en sus queridos hijos, “ojalá no se gasten en tonteras la herencia” se dijo. ¡¡TIC.TAC!! Las 20 con 59 y 45 segundos. Pensó en su querida madre, abuelos y sus amigos.¡¡¡¡ TIC,TAC,TIC,TAC!!!! Las 20 con 59 y 48 segundos, y  el insecto estaba ahora en su cuello.
El hombre empezó a rezar un padre nuestro. Tras comenzar la primera estrofa pensó “Que estoy haciendo. ¡Estoy rezando!,  pucha que estamos mal. ¿Dónde hay un cura cuando se necesita?”. El hombre sudando y con dolores insoportables, se dio cuenta que el tiempo se había detenido cuando comenzaron los noticieros de la tele.

Ya eran las 20 con 59 minutos y  55 segundos. El Tic, Tac del insecto no sonó más.
Era tanto el dolor en su cabeza que  la vida se volvió insoportable. Le pidió al cosmos o a un”algo desconocido” que por favor su familia entrara por la puerta y lo ayudara, ya habían estado hablando mucho rato con la doctora.  En ese instante, el bicho llegó al mentón del hombre para empezar a subir a su boca. Desesperado el hombre empezó a gritar pero no emitia ningun sonido, era como si desde un control remoto le hubieran puesto “Mute”. El horrible insecto ingreso a su boca, se paseo sobre su lengua, reconoció el amargo sabor del invertebrado, similar a los remedios para el estomago.  Dejo de creer en todo, ya nadie lo escucharía.  El insecto reloj, que al tomar contacto con la saliva crecía de tamaño, comenzó a bajar por su garganta rozando su campana. El hombre empezó a tener arcadas. Su peor pesadilla se estaba cumpliendo: Morir ahogado. Siempre que almorzaba se fijaba en masticar bien los trozos de comida para evitar inconvenientes. Recordó cuando en una reunión de los Masones vio morir a un miembro atragantado por un hueso de pollo. Recordó que el “Querido Hermano” se puso azul poco a poco y sus ojos se comenzaron a perder. Por su parte el insecto ya se había quedado estático en su esófago por lo que el aire dejó de ingresar a su cuerpo.  El hombre empezó a ahogarse.

Desesperado movió su cabeza a pesar del dolor de la misma. El tiempo retorno a las 20 con 59 minutos y 57 segundos. En ese momento entró la doctora al cubículo con una cara serena, gesticulación que cambio rápidamente al ver el estado decrepito del hombre. Solicito ayuda inmediata.  La señora y los hijos llorando a mares, exclamaron muy asustados y al mismo tiempo “¡Qué te pasa!”.

 Los ojos del hombre se llenaron de lágrimas y en ese momento comenzaron todos los clichés de la partida. La luz al  final del túnel. El pescador que le contó la historia en el bar apareció de forma fantasmal en un rincón del cubículo aséptico con un hipo ruidoso. El demonio con su pinta elegante pero añeja de inspector del Servicio de Impuestos Internos, se encontraba listo para llevarlo a sus tierras en otro rincón del box. Dios en otra esquina exclamando “¿Para qué rezaste si nunca me has tomado en cuenta?’”. Su suegra en forma imaginaria burlándose de él. El amigo que no le prestó plata diciéndole “Mala clase”. Los cabros del barrio que lo abandonaron con la bruja lo despedían.  Sus seres queridos que ya habían sacado boleto al patio de los callados antes que él lo saludaban.  Y en ese momento su mente revivió su historia de vida desde la fecundación del ovulo hasta ver a sus hijos ya grandes, y  a la futura viuda en un tiempo distante, canosa y bella. A pesar de los vaivenes del matrimonio concluyó que la seguía amando. Ahí se empezó a apagar como una vela, su alma se empezó a separar de su cuerpo, el tiempo y el espacio le estaban dando el sobre azul en esta dimensión. Dejó de arrepentirse, desenrolló sus atados y alcanzó el Nirvana. 

El dolor había terminado. Intentó sacar el habla  para decir sus últimos deseos, pero lo único que escucharon sus familiares fue el sonido de un reloj desde su laringe. Un Tic, tac, se escuchó clarito desde sus fauces,  antes de irse hacia la nada. 

Puntualmente falleció a las 21 horas según el parte médico.