miércoles, 4 de noviembre de 2015

La Depiladora

Costumbre es de pueblo chico que todo se sabe. 

Pero en el  extraño poblado de Millar, al oeste de Llanquihue, el que no sabe lo que le pasa al vecino es casi visto como mala costumbre. 

Es que hay una razón: La Rosita Paillaken. La dueña y servidora del único centro de depilación del lugar y que tiene ese mal mundial de los que se “les cae el casset”.

Si en este pueblo es más importante la Rosita que el mismísimo “Expreso Millar”, diario de una plana que cuenta las novedades del acontecer de nuestro hogar.

Si entre cera y pelos se ha sabido cada cosa…..

Creo que la otra vez, la Señora Marta del almacén “Donde Maritita” a conciencia suya y con muuuuy mala intención, inventó un chisme para puro manchar el nombre de una clienta que no le pagaba un fiado hace meses. Y como la Rosita tiene ese mal del “Sanguchito de palta” todo el pueblo andaba pelando que la involucrada era buena para andar mirando y corrompiendo maridos ajenos.  Cosa que nunca fue.

La culpa es de las chiquillas que van para allá digo yo.  Ellas son las conversadoras y que cuentan cosas de más. Yo creo que la primera razón es que no las pescan en las casas sus “piernos”. La  segunda es que no tienen nada mejor que hacer que andar cuchicheando con la Rosita que por sus clientes tiene todo el tiempo del mundo.

Yo no sé que don sagrado tiene la señora que todos sus clientes le cuentan lo que sea.  Es como una sicóloga quizás. Entre rebajes, piernas enteras, medias piernas y la cháchara, cuanta cosa se ha sabido.  Y ella siempre serena, piola, aplicando la cera hedionda con mucho cuidado.

Me acuerdo que la otra vez quedo la tendalada con los cabros del liceo, cuando la Rosita contó que una lola de un cuarto medio se hizo la brasileña para sorprender al pololo. Luego se supo que el pololo las prefería a la antigua y esto causo burlas de los que supieron la noticia. Hasta la niña se cambio de liceo.  Eso a mí no me pareció. Las cosas intimas no se deben contar. A pesar de que el cahuín era bueno, no era para andar gritándolo a los cuatro vientos. Yo la otra vez vi a la Rosita y se lo dije. Ella estaba consciente de esto y me dijo “Para que me cuentan si saben cómo soy yo”. Igual le halle razón. La gente sabe, pero le gusta la cisaña o que sean reconocidos.

Si yo fuera alcalde y no fuera incompetente, le pondría una estatua a la Rosita. Una chiquitita eso sí. Un monolito de personaje ilustre. Sin ella seriamos otro pueblo triste que no tiene mucho de qué hablar.  Nuestras historias se crean con ella.


Millar será chiquito, pero tenemos un importante centro de telecomunicaciones a nivel mundial y  que es nada menos que un centro de depilación.  Donde atiende la depiladora Rosita.

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