Costumbre es de pueblo chico que
todo se sabe.
Pero en el extraño poblado de Millar, al oeste de
Llanquihue, el que no sabe lo que le pasa al vecino es casi visto como mala
costumbre.
Es que hay una razón: La Rosita
Paillaken. La dueña y servidora del único centro de depilación del lugar y que
tiene ese mal mundial de los que se “les cae el casset”.
Si en este pueblo es más
importante la Rosita que el mismísimo “Expreso Millar”, diario de una plana que
cuenta las novedades del acontecer de nuestro hogar.
Si entre cera y pelos se ha
sabido cada cosa…..
Creo que la otra vez, la Señora
Marta del almacén “Donde Maritita” a conciencia suya y con muuuuy mala
intención, inventó un chisme para puro manchar el nombre de una clienta que no
le pagaba un fiado hace meses. Y como la Rosita tiene ese mal del “Sanguchito
de palta” todo el pueblo andaba pelando que la involucrada era buena para andar
mirando y corrompiendo maridos ajenos. Cosa que nunca fue.
La culpa es de las chiquillas que
van para allá digo yo. Ellas son las
conversadoras y que cuentan cosas de más. Yo creo que la primera razón es que
no las pescan en las casas sus “piernos”. La segunda es que no tienen nada mejor que hacer
que andar cuchicheando con la Rosita que por sus clientes tiene todo el tiempo
del mundo.
Yo no sé que don sagrado tiene la
señora que todos sus clientes le cuentan lo que sea. Es como una sicóloga quizás. Entre rebajes,
piernas enteras, medias piernas y la cháchara, cuanta cosa se ha sabido. Y ella siempre serena, piola, aplicando la
cera hedionda con mucho cuidado.
Me acuerdo que la otra vez quedo
la tendalada con los cabros del liceo, cuando la Rosita contó que una lola de
un cuarto medio se hizo la brasileña para sorprender al pololo. Luego se supo
que el pololo las prefería a la antigua y esto causo burlas de los que supieron
la noticia. Hasta la niña se cambio de liceo.
Eso a mí no me pareció. Las cosas intimas no se deben contar. A pesar de
que el cahuín era bueno, no era para andar gritándolo a los cuatro vientos. Yo la
otra vez vi a la Rosita y se lo dije. Ella estaba consciente de esto y me dijo
“Para que me cuentan si saben cómo soy yo”. Igual le halle razón. La gente
sabe, pero le gusta la cisaña o que sean reconocidos.
Si yo fuera alcalde y no fuera
incompetente, le pondría una estatua a la Rosita. Una chiquitita eso sí. Un
monolito de personaje ilustre. Sin ella seriamos otro pueblo triste que no
tiene mucho de qué hablar. Nuestras
historias se crean con ella.
Millar será chiquito, pero tenemos
un importante centro de telecomunicaciones a nivel mundial y que es nada menos que un centro de depilación.
Donde atiende la depiladora Rosita.
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