El
hombre estaba en el momento más decadente del ser humano: el
arrepentimiento. La noche anterior y
tras tomar unos tragos con los amigos del “club
de toby”, le empezó a doler la cabeza. Al abrir la puerta de su casa muy
silenciosamente y un poco borracho,
comentó para sí mismo “Qué raro. Tengo caña
y eso que tomamos whisky de calidad”.
Pero lo que aparentaba ser una simple resaca se convirtió en algo más
complejo. Durante esa noche, la cabeza le retumbo como si 1000 taladros intentaran
quebrar su ceso, como si hubiera un carrete de mechones universitarios en sus
neuronas, como si 100 guaguas recién nacidas lloraran fuertemente
interrumpiendo cada minuto su sueño. La
esposa sacó desde un botiquín de emergencias que guardaba debajo de la cama, un
tomador de presión electrónico. La mujer estaba alarmada por el sonido de quejumbre de su marido quien yacía recostado
a su lado. El aparato se infló alrededor de la muñeca del hombre. Tras un
minuto, en la pantalla análoga apareció el número 22, o sea, casi una sentencia de muerte.
La
ambulancia lo trasladó hasta urgencias de una Clínica Privada. “La suerte de
tener plata” se dijo en la camilla mientras el vehículo lo trasportaba por la
ciudad. Le tomaron rápidos exámenes y
cuando fue recostado en el box número 4, la cara ojerosa y decepcionada de la
doctora tras ver los exámenes, le hicieron sacar conclusiones inmediatas: se
iba a morir.
La
doctora les dijo a sus familiares que lo tenían que intervenir de urgencia, que
le había dado un derrame cerebral muy complicado. Su esposa e hijos lo
abrazaron y lo lloraron desconsolados, pese a la adversa situación, en ellos
quedaba una pizca de confianza en que la medicina moderna tenía las
herramientas para salvarlo. La familia salió del cubículo desde donde el hombre
se encontraba recostado, con el fin de coordinar los detalles de la operación, habría
que solicitar donadores de sangre, comenzaron a llamar a los amigos por celular.
El hombre se quedó solo.
Los
dolores eran horribles, como si dos
hombres musculosos que abusaron de esteroides le estuvieran haciendo una fuerte
palanca, reventando su subconsciente, dejando como un panqueque su lóbulo
frontal. Las molestias constantes e
inéditas en sus 60 años de vida lo estaban
volviendo loco.
En
ese feo cubículo aséptico, con paredes azules, sin ningún adorno de por medio,
con las gotas del suero con el tranquilizante ingresando por sus venas y entre
el cuchicheo de su esposa con la doctora, comenzó percatarse del sonar nítido de un
reloj.
Tic…..tac…..tic…..tac. Se escuchaba lentamente. Tic…Tac…tic…tac… el
hombre oía. ¡¡TIC...TAC...TIC...TAC...! Retumbaba en el solitario cubículo. Eran
las 20 con 56 minutos.
El
hombre movió sus globos oculares a duras penas de un rincón a otro, intentado ubicar el
origen de aquel ruido ajeno. Pestañeó, observó de nuevo, se fijó en los
detalles, y sus pupilas dilatadas intentaron identificar todo el entorno que lo
rodeaba. Hasta que su cerebro, conectado
a su nervio ocular, detectó pegado a la pared junto al pequeño estante donde estaban las gasas médicas
y la povidona, la horrible y pequeña figura del “Insecto Reloj”.
Era similar
a un mosco común fusionado con un escarabajo. Oscuro, pegajoso y asqueroso, de ahí provenía
el horrible Tic,tac.
En
ese momento el hombre recordó su niñez cuando jugueteando a la pelota de trapo con los
muchachos del barrio, un certero tiró de un amigo generó un golazo que también
destruyó el vidrio de una anciana vecina que no estaba en su hogar. Los niños querían recuperar el artesanal
balón entrando a la casa de la vieja. “Mi mamá dice que esta señora es una
bruja” dijo un peque, “La mía dice que hace “maruyos” y que le tiró una
maldición al dueño del negocio de la esquina por no fiarle el pan” argumento el
menor que metió el golazo. El hombre desahuciado, que en esos años era un
pequeño chiquillo, no creía mucho en los
cahuines, y fue el único que se
atrevió a entrar al inmueble en búsqueda del balón. Dentro del lúgubre pasillo
que daba al living del hogar, el niño observó destruido por el pelotazo, un
reloj antiquísimo que producía el mismo sonido que aquel insecto que lo
acechaba en el cubículo de la clínica. Cuando recogió el balón e iba saliendo
raudamente de la casa, la vieja justo llegó de la feria, pillándolo infraganti. Furiosa por el
desastre, le dijo gritándole a la
distancia mientras el niño escapaba por una ventana “¡¡Nunca olvides el ruido
de este reloj, la embarrada que te mandaste te perseguirá de por vida!!”. Aterrado el menor arrancó a toda pulmon,
tropezando y raspándose las rodillas. Al llegar donde sus amigos este les dijo “Son mala
leche, no me avisaron”, y ellos le respondieron a coro “ Pero si venía la bruja, teníamos que
arrancar no más”.
TIC….
TAC….TIC….TAC….las 20 con 58 minutos.
El
horrible bicharraco se comenzó a mover poco a poco hacía el hombre, con sus
patitas pegadas a la pared y su infinidad de ojos mirándolo directamente a la
cara. El hombre reafirmó la conclusión de que este sí que era el fin.
Ahí
comenzó a aterrarse. Esto produjo un efecto dómino sentimental y físico, que lo
llevaron al arrepentimiento y al
deterioro de fuerzas. Su sistema nervioso se había ido a huelga y ya no
respondía a los estímulos neuronales en su cuerpo. Atrapado en sí mismo, el hombre ya condenado, enumeró uno a uno sus
pecados. Con una calculadora imaginaria sumo el daño que había hecho en este
mundo y lo resto por el bien que aportó. Esta ecuación no le daba resultados positivos.
Luego comenzó a deprimirse y a pensar en la odiosa premisa del “¿Y SI HUBIERA PASADO
ESTO OTRO?”.
Se
preguntó por qué tomó ese copete la noche anterior, cuando los médicos le habían
advertido que no tenía que hacerlo. Su
señora (doctora por vocación más que por títulos universitarios), siempre le
decía “No seas porfiado, cuídate, ya no eres el joven de antes”, pero como
muchas veces en sus años de casados, no le hizo caso.
Se puso
triste. Siempre quiso morir en el campo de batalla, luchando con el pecho
inflado y orgulloso por lo que hacía, heroico, con músculos y calugas por el
ejercicio físico de combatir al enemigo. En cambio estaba en decadencia en ese
cubículo y acechado por un horrible insecto que emitía un sonido terrorífico.
Sacó la conclusión con una lágrima cayendo por su ojo derecho, de que en algún momento había abandonado sus
ideales. Debió haberse enlistado en la guerrilla cuando joven o embarcarse en
un viaje sin rumbo ni preocupaciones. Sin embargo opto por la rutina y lo
estable. Esto lo llevo a estar ahí, postrado, feo, pelado, con el colesterol por las nubes, la
presión a niveles críticos y gordo como su billetera. La plata. Ese era su gran
tema. Tenía conflictos graves de clase. De joven siempre fue pobre y cuando
creció logró el éxito económico con su empresa. Rememoró aquel episodio que siempre
hacia que sus atados mentales regresaran. Cuando a pesar de tener el efectivo suficiente,
no quiso prestarle dinero a su amigo de tantos años. “Compañero, compañero,
présteme doscientas luquitas se las devuelvo el lunes” le decía. Y el hombre se
dijo así mismo “Siempre presto y nunca recibo nada de vuelta”. El día que le dijo “NO” estuvo tres días sin
dormir pensando en lo que había hecho. “Era lo que tenias que hacer, te llamaba
para puro pedirte prestado” le dijo su señora para calmarlo. Nunca más lo
volvió a ver y eso que eran amigos del liceo, y esos son los amigos de
verdad…dicen.
Luego
se le vino a su mente la infortunada imagen de su suegra. Ella nunca le tuvo algo de cariño y siempre
le restregó sus errores en su cara, más si eran relacionados con el éxito y el
fracaso económico. Recordó cuando la señora le dijo cuando pololeaba con su
esposa y trabajaba repartiendo gas, “¿Y como un simple repartidor va a llegar a
ser alguien en la vida?...¿Acaso ese futuro quieres darle a mi hija? ¿Balones de
gas?...eres una simple llamita azul” le decía despectivamente. El con el pecho
inflado se esforzó para demostrar lo contrario. Después de años soportándola y
cuando tuvo las lucas para no ser criticado, en un almuerzo familiar en que había pastel de Choclo con ensalada
chilena su suegra volvió a arremeter: “Revolucionario que no se vuelve burgués
después de los 40 no es revolucionario, como tú po, mírate ahí, se te nota
cómodo”. Vieja de mierda, siempre tenía
algo que sacarle en cara y él se complicaba, “Quizás la señora tenga razón y he
olvidado mis ideales por el estatus” le replicaba su consciencia antes de irse
a dormir. Siempre se atrapaba en su propia mente por ese tipo de cosas. Lo único que le sacó una sonrisa en ese
difícil momento, fue que al morir no
tendría que verla más “a la vieja maldita, con todo el respeto que se merece por haber dado a luz a mi mujer” se
dijo. Estos caldos de cabeza siempre lo acompañaban. No poder resolverlos le
habían causado en parte, el derrame que sufría en esos momentos.
TIC..
TAC.. TIC.. TAC.. Ya eran las 20 con 59 minutos
El
asqueroso insecto reloj, ya se había comenzado a mover entre todo el ajetreo
mental del hombre. A pesar de que el diminuto escarabajo/mosca no podía volar
porque sus alas estaban secas y pegadas a su cuerpo, lo que producía el
horrible sonido de reloj, el bicharraco se desplazaba rápidamente con sus 4
patas. Con sus 100 globos oculares observó directamente al hombre desahuciado. Él por su parte, juró que el insecto le guiño
sarcásticamente uno ojo, como diciendo “Hasta acá no más llegaste compadrito”. En ese momento volvieron sus pensamientos trágicos. Esta vez, escarbando en el baúl de los
recuerdos, logró encontrar las imágenes en la cual había escuchado la leyenda de aquel insecto reloj.
Había
sido en una shoperia de Ancud en Chiloé. La peor shoperia del archipiélago. Era
el bar más oscuro y vacio. Si esa noche querías divertirte, ese no era el lugar
indicado. El hombre se encontraba
sólo en la barra del boliche, casi vacío a esas altas horas de la
madrugada y con un wurlitzer tocando un tema de Sandro. Estaba bebiendo una
cerveza, intentando espantar un horrible insomnio relacionado a sus nervios
debido a una importante negociación que sostendría con una salmonera que le
traería grandes sumas de dinero a sus arcas. Un pescador un tanto borracho y “pintamonos” se acerco a la barra, se
sentó a su lado y le dijo si le
molestaba que le hiciera compañía. El hombre aburrido de tanto pensar en la
pega, le dijo “No hay problema”. Necesitaba relajarse. Ambos comenzaron a
charlar distendidamente.
El
chilote pescador era una enciclopedia de leyendas. El decía que lo mejor para engrupirse a una
muchacha era contarle historias de terror mitológicas. Era un vivaracho y a la
vez borracho, su rosácea lo inculpaba. Tomando un largo trago de cerveza y
haciendo un salud, le dijo “Las chiquillas se terminan asustando con las
historias y ahí tu las abrazas y están listas para lo que viene después, me cachai compadrito” le dijo el picaron hombre
de mar.
Entre
copa y copa, el pescador le comentó sus increíbles encuentros con el Caleuche,
la extraña desaparición de un amigo por culpa de la Pincoya, su experiencia
paranormal con la Isla Friendship, la vez que engaño a una bruja de Duhatao, y aquella hermanita que tuvo un “domingo 7” por culpa de un supuesto
trauco de apellido Mapuche. “Deja de
cuentear tanto hombre, si el caballero no
te van a comprar otro trago por hablar tanta
lesera” le dijo el cantinero del boliche al pescador. De igual manera, el
hombre de negocios, lo invitó a una
copa. Ahí el pescador le contó acerca
del insecto Reloj.
Una
vez se lo encontró navegado por la bahía de Dalcahue. Según los navegantes, encontrarse con ese
insecto significaba la muerte inminente, ya que el sonar de reloj que producían las
petrificadas alas del insecto, serían un
mensaje enviado por la mismísima “Pelada” y que
“indicarían los minutos finales de todo humano en esta tierra”. El pescador afirmó que había sido la
experiencia más terrorífica de su vida. “Hasta
me hice pichi en los pantalones”
afirmó el borrachin. El hombre
capitalino, medio en broma, medio en serio, muy incrédulo y escéptico le
pregunto “¿Y como estas contando está historia?, si escuchaste al insecto, ¿no
deberías estar muerto? “ A lo que el
chilote navegante respondió con un
evidente hipo:“¿Y acaso no lo estoy?”, luego se tomó al seco un trago invitado
por el hombre desahuciado, y emprendió una
retirada elegante pero descoordinada por culpa del alcohol. “No le crea Santiaguino,
ese siempre anda mintiendo. Todos dicen que está loco” le dijo el cantinero. El
hombre siempre le creyó, siempre se decía que las coincidencias no existían y ese encuentro fue algo más que fortuito.
¡¡TIC.TAC.
TIC. TAC!!...las 20 con 59 minutos y 30 segundos.
La ansiedad lo carcomía, su miedo había
llegado a su nivel máximo al observar que el insecto se paró frente a él tras
subir lentamente por su pierna y trasladarse hasta su gran barriga. Tic, tac, tic, tac, más fuerte, las 20 con 59
minutos y 35 segundos Tic,tac,tic,tac, más rápido las 20 con 59 y 38 segundos, ¡TIC,
TAC,TIC,TAC!, más cercano, las 20 con 59 y 40 segundos. Su cuerpo inmóvil por
los dolores, nada podía hacer. Pensó en
sus queridos hijos, “ojalá no se gasten en tonteras la herencia” se dijo. ¡¡TIC.TAC!!
Las 20 con 59 y 45 segundos. Pensó en su querida madre, abuelos y sus amigos.¡¡¡¡
TIC,TAC,TIC,TAC!!!! Las 20 con 59 y 48 segundos, y el insecto estaba ahora en su cuello.
El
hombre empezó a rezar un padre nuestro. Tras comenzar la primera estrofa pensó
“Que estoy haciendo. ¡Estoy rezando!,
pucha que estamos mal. ¿Dónde hay un cura cuando se necesita?”. El
hombre sudando y con dolores insoportables, se dio cuenta que el tiempo se
había detenido cuando comenzaron los noticieros de la tele.
Ya
eran las 20 con 59 minutos y 55 segundos.
El Tic, Tac del insecto no sonó más.
Era
tanto el dolor en su cabeza que la vida
se volvió insoportable. Le pidió al cosmos o a un”algo desconocido” que por
favor su familia entrara por la puerta y lo ayudara, ya habían estado hablando
mucho rato con la doctora. En ese
instante, el bicho llegó al mentón del hombre para empezar a subir a su boca. Desesperado
el hombre empezó a gritar pero no emitia ningun sonido, era como si desde un
control remoto le hubieran puesto “Mute”. El horrible insecto ingreso a su
boca, se paseo sobre su lengua, reconoció el amargo sabor del invertebrado, similar
a los remedios para el estomago. Dejo de
creer en todo, ya nadie lo escucharía. El
insecto reloj, que al tomar contacto con la saliva crecía de tamaño, comenzó a
bajar por su garganta rozando su campana. El hombre empezó a tener arcadas. Su
peor pesadilla se estaba cumpliendo: Morir ahogado. Siempre que almorzaba se
fijaba en masticar bien los trozos de comida para evitar inconvenientes. Recordó
cuando en una reunión de los Masones vio morir a un miembro atragantado por un
hueso de pollo. Recordó que el “Querido Hermano” se puso azul poco a poco y sus
ojos se comenzaron a perder. Por su parte el insecto ya se había quedado
estático en su esófago por lo que el aire dejó de ingresar a su cuerpo. El hombre empezó a ahogarse.
Desesperado
movió su cabeza a pesar del dolor de la misma. El tiempo retorno a las 20 con
59 minutos y 57 segundos. En ese momento entró la doctora al cubículo con una cara
serena, gesticulación que cambio rápidamente al ver el estado decrepito del
hombre. Solicito ayuda inmediata. La
señora y los hijos llorando a mares, exclamaron muy asustados y al mismo tiempo
“¡Qué te pasa!”.
Los ojos del hombre se llenaron de lágrimas y
en ese momento comenzaron todos los clichés de la partida. La luz al final del túnel. El pescador que le contó la
historia en el bar apareció de forma fantasmal en un rincón del cubículo
aséptico con un hipo ruidoso. El demonio con su pinta elegante pero añeja de inspector
del Servicio de Impuestos Internos, se encontraba listo para llevarlo a sus
tierras en otro rincón del box. Dios en otra esquina exclamando “¿Para qué
rezaste si nunca me has tomado en cuenta?’”. Su suegra en forma imaginaria
burlándose de él. El amigo que no le prestó plata diciéndole “Mala clase”. Los
cabros del barrio que lo abandonaron con la bruja lo despedían. Sus seres queridos que ya habían sacado boleto
al patio de los callados antes que él lo saludaban. Y en ese momento su mente revivió su historia
de vida desde la fecundación del ovulo hasta ver a sus hijos ya grandes, y a la futura viuda en un tiempo distante,
canosa y bella. A pesar de los vaivenes del matrimonio concluyó que la seguía
amando. Ahí se empezó a apagar como una vela, su alma se empezó a separar de su
cuerpo, el tiempo y el espacio le estaban dando el sobre azul en esta dimensión.
Dejó de arrepentirse, desenrolló sus atados y alcanzó el Nirvana.
El dolor
había terminado. Intentó sacar el habla
para decir sus últimos deseos, pero lo único que escucharon sus
familiares fue el sonido de un reloj desde su laringe. Un Tic, tac, se escuchó
clarito desde sus fauces, antes de irse
hacia la nada.
Puntualmente
falleció a las 21 horas según el parte médico.
Me encanto.
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