Gabriela tenía
32 años y Juancho 33. Hace un año que la pareja estaba casada después de un
pololeo que duró nada menos que 7 años. Hace 6 meses que vivían juntos y las
cosas no estaban saliendo muy bien. Quizás la rutina o el ya conocerse tanto
los estaba distanciando poco a poco. Ya no tenían momentos espontáneos de
pasión carnal o carcajadas de esas que duelen la guata. Algo andaba mal, el
silencio era pan del día a día en ese lindo departamento que compartían.
Gabriela se
daba cuenta de esta situación cada vez que veía a su esposo. “Se está dejando
estar” se decía a sí misma.
Juancho, que
era ingeniero informático, y por lo tanto pasaba sentado frente a un computador
más de la mitad del día, siempre se mantuvo en regular forma física.
Hasta este año:
De ser un chico
con pancita “tierna” paso a tener rollitos ya más contundentes.
Pero eso no era
todo.
Gabriela también
advertía que a Juancho lo afectaba una flojera constante. Le daba paja
afeitarse y se dejó una larga barba; le daba paja levantarse de la cama y
trabajaba con el notebook apoyado en su guata; le daba paja cocinar y se iba a
la esquina a comer comida chatarra.
Por su parte
Gabriela, era todo lo contrario. Cada
día andaba con más energías, motivada por la vida y regia en el aspecto físico.
Esto ella lo atribuía a que asistía a
sus clases de Yoga de tendencia acuariana. Juancho, pragmático ante
aquella “moda cuica” como lo llamaba él, siempre le reclamaba a su mujer que “Llegaba
a la casa pasada a incienso”.
Gabriela por su parte no lo pescaba. Ella estaba feliz aprendiendo de
los chakras, los pasados karmicos, la posición de las estrellas, los mantras y el tarot. Si hasta estaba
vistiéndose a lo Janis Joplin.
Un día, toda su calma y paz “zen” que había conseguido por los mantras y
el ejercicio físico, quedo en entredicho luego de un nuevo y desubicado comentario de su flojo e irritable
marido, pronunciado cuando ella volvía de una de sus clases.
- Mi amor- dijo Juancho desde un cómodo sofá mirando
el computador y con una lata de cerveza a su lado.
- ¿Qué pasa? - dijo Gabriela sacándose el
extravagante turbante que llevaba en su corto pelo negro y dejando de lado sus
sandalias.
- En internet leí que: “mientras una mina
dibuja mejor un Mándala, está más loca” Yo cacho que con todos los mándalas que
dibujas en la noches deberías estar en el siquiátrico. JAJAJAJAJAJA.
En ese momento
todos los espacios de la cara de la flaca mujer se pusieron de color rojo y con
una furia contenida que le salió desde su alma antes en serenidad, le grito al
flojo hombre a un volumen tan alto que incluso los vecinos copuchentos del 664
lograron oír:
“¡POR LO MENOS YO HAGO ALGO DE EJERCICIO, NO
ME QUEDO PURO FLOJEANDO EN LA CASA VIENDO COMO MI GUATA CRECE CADA VEZ MÁS COMO
UN CHANCHO EMBARAZADO! ….. ¡TE APUESTO A QUE NI TE ATREVES A VENIR A MIS CLASES
DE YOGA PORQUE TENI PAJA. ERI PAJERO WEON, PAJERO Y ADEMÁS FOME! ¡TE APUESTO
QUE HASTA TE DIO PAJA DECIR ESE COMENTARIO, LO SACASTE DE INTERNET!¡CUANDO
MOVAI EL CULO DEL SOFÁ DIME CUALQUIER WEA! ¡ANTES NO CULIAO! ¡PAJERO Y LA
RECONCHETUMARE!”
Juancho se quedó
para adentro, hace harto tiempo que no veía a la Gabriela tan enojada, quizás
solo esa vez que se había echado su tesis por una décima. Ante esto el gordo hombre simplemente atino a
decir muy temerosamente y con los ojitos a lo gato con botas: “disculpa”.
Un silencio incomodo rodeo el living de la casa. No se hablaron hasta la noche.
Gabriela antes
de dormir leía un ejemplar de
“Meditación y Mantras” de Suami VIshnu Devananda en la cama matrimonial. Juancho luego de ir al baño, se acostó, se
acercó y le hizo cariño en su brazo. Ella
le corrió su extremidad y le dijo
violentamente “quítate aweonao”. Juancho intentó arreglar la embarrada
que se había mandado.
- Mira, disculpa por lo que te dije - le
replico Juancho haciéndose el tierno, acurrucándose a su lado.
- Eris muy desubicado po Juancho, ¿Cómo quieres
que no esté enojada? - le replico ella dejando el libro en la cómoda y
sacándose sus lentes.
- Oye, yo sé que he sido flojo y me he dejado estar, pero
te prometo que voy a hacer algo- prometió como siempre lo hacia el perezoso
hombre.
- Acompáñame mañana entonces a la clase de
Yoga. Demuestra que puedes estar una clase, elongar y hacer los ejercicios.
Demuestra que no eres pajero. Demuestra que eres respetuoso por las cosas en
las que creo.
- Pero porque te tiene que gustar esa moda,
todas las minas huecas lo hacen- dijo prejuiciosamente Juancho.
- Si me consideras hueca quizás sea hora de que
busques una mina distinta- dijo cortante Gabriela mirándolo a los ojos.
- No quise decir eso. Ya, te acompañare, te
demostrarte que también puedo meditar y esas cosas- dijo Juancho convencido.
- Eso lo quiero ver, ¿prometes no burlarte?-
Dijo con un tono menos severo la mujer.
- Prometo comportarme- sentenció decidido el hombre.
Juancho se puso
de rodillas en la cama y dijo burlonamente “OHM” como si estuviera meditando.
Gabriela solo atinó a decir “ridículo” y esbozo una linda sonrisa. Le habían puesto un parche curita a la
situación.
Al otro día, después de mucho tiempo, se vio a
Juacho en short y polera acompañando a su mujer a la sala de ejercicios del
instituto acuariano de Yoga Kundalini.
El lugar era de luces tenues y con un excesivo olor a lavanda e
incienso. La maestra del lugar vestida completa
de blanco y con una pinta en su frente como los hindús, se acercó a Gabriela.
- ¿Cómo estás Gabriela? – pregunto
la maestra
- Todo bien maestra, intentado traer a que
medite algo mi compañero.
- Pues le va a hacer muy bien, cuando la mente
entra en serenidad, alejada de lo mundano, todo lo podemos ver- le dijo
la maestra a Juancho tomándole las manos. Este la miro con una expresión de “Que wea está
loca”.
En el lugar los
asistentes en su mayoría mujeres se sentaban en filas con sus colchas conocidas
como MAT. Se ponían con las piernas cruzadas y el gran maestro del lugar, con
su turbante y su larga barba a lo Antares de la Luz, con una gigante flor de loto a sus espaldas
dibujada en un muro, saludo muy reverencialmente a todos. Luego inspiró y
con una profunda modulación dijo “HOM”. Alrededor de Juancho todos
los asistentes replicaron el sonido “HOM” del maestro. El coro bien afinado, hizo
que Juancho pensara “Estoy como en el
convento” y esbozo una sonrisa, que ante la mirada de reojo de Gabriela, borró
de su cara.
Luego
comenzaron las elongaciones y el sufrimiento. Juancho no le atino a ninguna de
las posturas. Hizo al revés la Vrkasasana
y se cayó al piso, derribando a un compañero de la sala en dos ocasiones. Luego
intento hacer muy rápidamente el Savasana y su columna rechino como si
fuera un anciano.
El maestro que
guiaba la clase lo tuvo que ayudar a corregir todas las posturas y Juancho está
seguro que, ofuscado el hombre, en algún momento le dijo al oído muy
delicadamente “dedícate a otra cosa cebo con patas, el yoga no es para ti”.
A diferencia de
él, Gabriela sorprendía por su increíble estado físico y flexibilidad,
haciendo todas las posturas a un nivel técnico casi de gimnasta. Juancho la
admiraba en su belleza y en su inspiración. Su entusiasmo le hizo recordar
porque la amaba tanto.
A pesar de todo
lo mal hecho, Juancho por lo menos lo
intentaba. Sudado entero y con el corazón latiéndole rápidamente llegó un
momento de ensueño en esta clase fatal para él: LA MEDITACIÓN. Momento en que
todos debían descansar y se acababan las elongaciones tan complejas para él.
- Te tienes que tapar con esta sabana- le dijo
Gabriela en voz baja pasándole una manta.
- Estoy muerto Gabriela. - le dijo jadeando Juancho.
- Pero ya estamos casi listos, ya lo lograste,
ahora intenta aprovechar este momento, intenta no pensar en nada y relaja tu
mente. Déjate llevar. Te felicito - le dijo orgullosa.
Juancho se recostó
en su colcha o MAT. Se tapó. Cerró los ojos. Se sentía muy cómodo y cansado a
la vez. “Ahora todos a relajarse, mantengan la mente en paz”, dijo el
maestro quien le puso play al equipo de música. Una tonada mística de la
más profunda china comenzó a retumbar en la sala. Las luces estaban tenues.
Juancho estaba
solo con su mente. Pero no podía aquietarla.
Su cerebro le
hablaba a sí mismo. Con frases o pensamientos que no paraban:
“Qué
bueno que lo logre, la Gaby no me puede decir nada, igual la apañe. Espera, se
supone que no debería estar pensando nada, la Gaby me dijo que no lo hiciera, a
ver, no pensare en nada. Voy a dejar de pensar, ahora sí, no creo que sigo
pensando, a ver, ya….1, 2, 3, ¡AHORA!.. Pero estoy pensando que no estoy
pensando. ¿Cómo lo hago entonces?, a ver...ya….mente en blanco, mente en blanco…mente en blanco…”
Tras este
dialogo consigo mismo, se intentó calmar, pero su mente no paraba de
bombardearlo con pensamientos banales. La imaginación no paraba, y aburrido de
no poder abstraerse se acordó de que tenía hambre. Se acordó que su mujer le
había dicho que comiera más verduras.
Tras esto su cabeza proyecto unos
churrascos palta mayo, unas chorrillanas, y muchas otras cosas ricas….
“Con esto del yoga de seguro la Gaby se
vuelve vegetariana y no me va a dejar comer cuestiones...pucha….creo que tengo
hambre. Ya….pero no debo pensar...debo dejarme llevar...eliminar imágenes dijo
el “maestro”. Chau choripán, chau italiano,..... Estoy seguro que el culiao del
“maestro” me insulto… te apuesto que es
mula. Sé que no pude hacer ninguna elongación pero pucha era mi primera clase…..
Lo odio, además creo que le tira los cortes a la Gaby. Ya pero basta de
lamentarse...ENFOCARSE….ENFOCARSE EN NO PENSAR... a ver, lo intentare, tengo
que lograrlo, así la Gaby me perdona…. Yo la quiero mucho, yo haría cualquier
cosa por ella… pero ya po ponte serio…., ENFOQUE, CONCENTRACION… voy a dejar mi
mente de una vez por todas sin nada que pensar…CONCENTRACIÓN, CONCENTRARSE POR
ELLA…MENTE EN BLANCO…EN BLANCO”
Juancho y su
voluntad quizás inspirada en su amor por Gabriela y enmendar sus errores que
había cometido con ella, logró en ese momento algo que ni los más disciplinados
monjes tibetanos que llevan años de práctica habían logrado.
Juancho había
logrado dejar su mente en paz.
En ese proceso
y con la música de la antigua china de fondo, lo vio todo.
Se hizo uno con
el universo. Observo un mándala real, no de esos que compran en lana las señoras
y los niños, este era un mándala del tamaño del infinito.
Su mente se convirtió
en universo, los enigmas el cosmos eran simples para él. Tiempo y espacio se volvieron algo sin
importancia. Su ser se difumino entre varias dimensiones.
Juancho estaba elevado. Vio de frente a su alma que no era una sino millones. Por primera vez, se sentía libre.
Se elevó
paradójicamente a las profundidades del
inconsciente y charlo con dioses de todo tipo. Vio los relatos fundamentales
del humano, la esencia del ADN y sus códigos binarios.
Juancho ya no
era humano, era algo superior, algo más allá de la metafísica. Era música, era eternidad, era trascendencia.
Se dio cuenta que su amor, que sus problemas de pareja no eran más que una
moraleja del porte de un átomo comparado con la inmensidad de la TOTALIDAD.
La música
empezó a escucharse más bajita, las luces se prendieron poco a poco.
El maestro de
la clase dijo “Vayan moviendo lentamente sus extremidades. Reincorporémonos
luego de este hermoso descanso de la mente”.
Gabriela relajada por aquietar su mente por
unos segunditos, se estiro relejada y miro a su lado derecho, donde se encontraba
su esposo. Pero su Mat estaba vacía, con la sabana tapando nada.
Indignada frunció
el ceño y se dijo a sí misma “este gordo no soporto estarse quieto unos
segundos y se fue a comer un completo a la esquina. Esto no da para más,
llegando a la casa vamos a conversar, no tiene remedio, no se cuida a sí mismo,
es irresponsable. Qué rabia, como no puede estar unos minutos relajado”.
Pero Juancho no
se había ido a comprar ningún completo. Juancho ya no era un ser físico.
Juancho se
había desmaterializado.
No hay comentarios:
Publicar un comentario